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La iglesia nunca pudo haber sido un cuerpo de combatientes sumisos esperando el llamado de las fuerzas armadas al servicio militar. “Cuando el clarín de la patria llama, aun el llanto de la madre calla”. Que si la madre calla ¿también lo hará la iglesia?
¿Acaso no existe un mejor servicio a la patria que prepararse para la guerra en el servicio militar? ¿En qué consiste el llamado del profeta Isaías a que se fundan las espadas en rejas de arado y las lanzas en hoces? ¿No es resolver el desempleo, la pobreza y el hambre desde la misma iglesia de Cristo produciendo alimentos?
Al leer la Palabra de Dios acerca de tomar posesión de campos y tierras existen dos versiones, y ellas no se contradicen como para dudar de tales promesas.
1- “Te envío mi ángel delante de ti, para que te guarde en el camino y te introduzca en el lugar que yo he preparado…Yo enviaré mi terror delante de ti; turbaré a todos los pueblos donde entres y que todos tus enemigos huyan delante de ti. Enviaré delante de ti la avispa que eche de tu presencia a tus enemigos. No los expulsaré de tu presencia en un año, para que no quede la tierra desierta ni se multipliquen contra ti las fieras del campo. Poco a poco los echaré de tu presencia, hasta que te multipliques y tomes posesión de la tierra” (Exodo 23. Ver desde 20 al 30).
2- “Entonces, respondiendo Pedro, le dijo: --Nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido; ¿qué, pues, tendremos?” (Mateo 19: 27) “Respondió Jesús y dijo: --De cierto os digo que no hay nadie que haya dejado casa, o hermanos, o hermanas, o padre, o madre, o mujer, o hijos, o campos, por causa de mí o por causa del evangelio, que no reciba cien veces más ahora en este tiempo: casas, hermanos, hermanas, madres, hijos y campos, aunque con persecuciones; y en el siglo venidero la vida eterna. Pero muchos primeros serán postreros, y los postreros, primeros” (Marcos 10: 29-31).
Como vemos son dos versiones históricas, son dos sucesos que revelan la actuación del pueblo de Dios. El primer modelo era un acto violento, sí, pero sin derramar la sangre de los pueblos, expulsados con terror y con avispas. El segundo modelo fue un trabajo social voluntario por la causa de Cristo, o por la causa del evangelio. Todo bajo la influencia del Espíritu Santo que otorgaba dones e hizo aparecer la solidaridad, la ayuda mutua y la piedad práctica. Como revela el asunto, es Dios sacando un pueblo que seguirá el modelo social de Cristo. Ahora Dios no se revela como Jehová de los ejércitos, sino como el Príncipe de paz.
En la época de los doce apóstoles, Pedro estableció el dogma de que los ricos debían vender sus casas y terrenos: “Entonces Jesús, mirándole, le amó, y le dijo: Una cosa te falta: anda, vende todo lo que tienes, y dalo a los pobres, y tendrás tesoro en el cielo; y ven, sígueme, tomando tu cruz” (Marcos 10: 21). Eso lo cuenta el libro Hechos de los apóstoles: “Y con gran poder los apóstoles daban testimonio de la resurrección del Señor Jesús, y abundante gracia era sobre todos ellos. Así que no había entre ellos ningún necesitado; porque todos los que poseían heredades o casas, las vendían, y traían el precio de lo vendido, y lo ponían a los pies de los apóstoles; y se repartía a cada uno según su necesidad” (Hech. 4: 33-35).
Pedro estableció ese dogma porque todos ellos creían que Cristo vendría en su tiempo. Ello porque ignoraban que antes que regresara Jesús en la gloria de su Padre con todos sus ángeles debía aparecer la abominación desoladora (2 Tesal. 2: 3, 4). Misterio que daría nacimiento a “BABILONIA LA GRANDE, LA MADRE DE LAS RAMERAS Y DE LAS ABOMINACIONES DE LA TIERRA”.
Ese error permite que nuestro Señor Jesucristo escoja a Pablo para corregirlo y es nuestro modelo de trabajo social voluntario. Él es quien escribe y define una nueva fórmula de caridad: “Ni plata ni oro ni vestido de nadie he codiciado. Antes vosotros sabéis que para lo que me ha sido necesario a mí y a los que están conmigo, estas manos me han servido. En todo os he enseñado que, trabajando así, se debe ayudar a los necesitados, y recordar las palabras del Señor Jesús, que dijo: Más bienaventurado es dar que recibir” (Hechos 20: 33-35).
Esa fórmula de caridad es la ayuda mutua (Hebreos 13: 15, 16). Pablo organiza una fábrica de tiendas de campaña junto a Aquilas y su esposa Priscila (Hechos 18: 3).
Decir ¡NO! a la guerra es salir de la ciudad a los campos a trabajar la agroecología en un plan de ayuda mutua. Es sin duda alguna la visión que tuvo Elena de White cuando escribe del plan financiero de los hermanos ricos como lo hizo Pablo: “Es propósito de Dios que ricos y pobres vivan unidos por lazos de simpatía y de ayuda mutua. Los que disponen de recursos, de talentos y capacidades deben emplearlos en provecho de sus semejantes” (El ministerio de curación página 144). Es decir, invertir menos en la construcción de capillas, templos y suntuosas catedrales y más en resolver el desempleo, la pobreza y el hambre.
¿Acaso no existe un mejor servicio a la patria que prepararse para la guerra en el servicio militar? ¿En qué consiste el llamado del profeta Isaías a que se fundan las espadas en rejas de arado y las lanzas en hoces? ¿No es resolver el desempleo, la pobreza y el hambre desde la misma iglesia de Cristo produciendo alimentos?
Al leer la Palabra de Dios acerca de tomar posesión de campos y tierras existen dos versiones, y ellas no se contradicen como para dudar de tales promesas.
1- “Te envío mi ángel delante de ti, para que te guarde en el camino y te introduzca en el lugar que yo he preparado…Yo enviaré mi terror delante de ti; turbaré a todos los pueblos donde entres y que todos tus enemigos huyan delante de ti. Enviaré delante de ti la avispa que eche de tu presencia a tus enemigos. No los expulsaré de tu presencia en un año, para que no quede la tierra desierta ni se multipliquen contra ti las fieras del campo. Poco a poco los echaré de tu presencia, hasta que te multipliques y tomes posesión de la tierra” (Exodo 23. Ver desde 20 al 30).
2- “Entonces, respondiendo Pedro, le dijo: --Nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido; ¿qué, pues, tendremos?” (Mateo 19: 27) “Respondió Jesús y dijo: --De cierto os digo que no hay nadie que haya dejado casa, o hermanos, o hermanas, o padre, o madre, o mujer, o hijos, o campos, por causa de mí o por causa del evangelio, que no reciba cien veces más ahora en este tiempo: casas, hermanos, hermanas, madres, hijos y campos, aunque con persecuciones; y en el siglo venidero la vida eterna. Pero muchos primeros serán postreros, y los postreros, primeros” (Marcos 10: 29-31).
Como vemos son dos versiones históricas, son dos sucesos que revelan la actuación del pueblo de Dios. El primer modelo era un acto violento, sí, pero sin derramar la sangre de los pueblos, expulsados con terror y con avispas. El segundo modelo fue un trabajo social voluntario por la causa de Cristo, o por la causa del evangelio. Todo bajo la influencia del Espíritu Santo que otorgaba dones e hizo aparecer la solidaridad, la ayuda mutua y la piedad práctica. Como revela el asunto, es Dios sacando un pueblo que seguirá el modelo social de Cristo. Ahora Dios no se revela como Jehová de los ejércitos, sino como el Príncipe de paz.
En la época de los doce apóstoles, Pedro estableció el dogma de que los ricos debían vender sus casas y terrenos: “Entonces Jesús, mirándole, le amó, y le dijo: Una cosa te falta: anda, vende todo lo que tienes, y dalo a los pobres, y tendrás tesoro en el cielo; y ven, sígueme, tomando tu cruz” (Marcos 10: 21). Eso lo cuenta el libro Hechos de los apóstoles: “Y con gran poder los apóstoles daban testimonio de la resurrección del Señor Jesús, y abundante gracia era sobre todos ellos. Así que no había entre ellos ningún necesitado; porque todos los que poseían heredades o casas, las vendían, y traían el precio de lo vendido, y lo ponían a los pies de los apóstoles; y se repartía a cada uno según su necesidad” (Hech. 4: 33-35).
Pedro estableció ese dogma porque todos ellos creían que Cristo vendría en su tiempo. Ello porque ignoraban que antes que regresara Jesús en la gloria de su Padre con todos sus ángeles debía aparecer la abominación desoladora (2 Tesal. 2: 3, 4). Misterio que daría nacimiento a “BABILONIA LA GRANDE, LA MADRE DE LAS RAMERAS Y DE LAS ABOMINACIONES DE LA TIERRA”.
Ese error permite que nuestro Señor Jesucristo escoja a Pablo para corregirlo y es nuestro modelo de trabajo social voluntario. Él es quien escribe y define una nueva fórmula de caridad: “Ni plata ni oro ni vestido de nadie he codiciado. Antes vosotros sabéis que para lo que me ha sido necesario a mí y a los que están conmigo, estas manos me han servido. En todo os he enseñado que, trabajando así, se debe ayudar a los necesitados, y recordar las palabras del Señor Jesús, que dijo: Más bienaventurado es dar que recibir” (Hechos 20: 33-35).
Esa fórmula de caridad es la ayuda mutua (Hebreos 13: 15, 16). Pablo organiza una fábrica de tiendas de campaña junto a Aquilas y su esposa Priscila (Hechos 18: 3).
Decir ¡NO! a la guerra es salir de la ciudad a los campos a trabajar la agroecología en un plan de ayuda mutua. Es sin duda alguna la visión que tuvo Elena de White cuando escribe del plan financiero de los hermanos ricos como lo hizo Pablo: “Es propósito de Dios que ricos y pobres vivan unidos por lazos de simpatía y de ayuda mutua. Los que disponen de recursos, de talentos y capacidades deben emplearlos en provecho de sus semejantes” (El ministerio de curación página 144). Es decir, invertir menos en la construcción de capillas, templos y suntuosas catedrales y más en resolver el desempleo, la pobreza y el hambre.
